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Fecha: 2017-03-27 16:12:41

Doctor Fórtino Cuellar

Fortino CuellarHacer del afán de servicio un apostolado no es tarea fácil, y menos cuando ésta se desarrolla con entusiasmo, amor y humildad. Ordinariamente, el hombre -en su concepción universal- es un ser dominado por el egoísmo, la vanidad y la envidia, condición que lo lleva a actuar en función del interés propio.

Sin embargo, para fortuna de la humanidad, desde siempre han existido las excepciones, o sea, personas que rompen ese esquema egoísta y que hacen del servicio al prójimo su razón de vivir. De esta rara especie fue el doctor Fórtino Cuéllar Ramírez, de tan grata y merecida memoria entre los navolatenses, a quienes se consagró con auténtica devoción franciscana.

De él, Leopoldo Avilés meza dice en su libro "Navolato, apuntes para la historia": "un hombre que llegó en 1925 a un pueblo en formación, para dejar una huella imborrable, un ejemplo difícil de superar, porque sin querer lograrlo, alcanzó gratitud eterna de sus gentes que áun lloran su ausencia física, desde aquél 10 de diciembre de 1971 en que su cuerpo dejó de vivir,, para que por su obra, Fórtino Cuéllar siguiera viviendo en el recuerdo".

El doctor Cuéllar nació en Aguas Leguas, Nuevo León, pero su infancia y juventud la vivió en Villagrán, Tamaulipas, de donde un día salió para estudiar agronomía en la Escuela Nacional de Agricultura de San Jacinto (hoy conocida como Chapingo), inquietud que se vio frustrada al cerrarse la institución a causa de la lucha armada de 1910.

Al igual que muchos otros mexicanos, nuestro personaje se fue a vivir a San Antonio, Texas, pero el reclamo paterno lo regresa a Villagrán, de donde luego viaja a la capital para ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México. Al término de su carrera se asienta en Veracruz y posteriormente en Monterrey, donde pronto se pone de manifiesto su marcado interés por los problemas de la comunidad, llegando a descubrir una vacuna antirrábica.

Por recomendación del ingeniero Juan de Dios Bátiz Paredes, don Fórtino se trslada a Navolato para emplearse como médico del ingenio, reecontrándose con don Procopio Ramos Almada, quien había sido su condiscípulo en Chapingo y que en 1925 fungía como superintendente de "La Primavera". Lógicamente, el joven galeno "cayó parado" y de inmediato se hizo cargo del servicio médico a los obreros y a cuanto paciente se le ponía por enfrente, sin importar hora ni día.

Pronto, "Fortinito" -como lo llamaba don Procopio- se ganó el corazón de los navolatenses, y en especial de la agraciada jovencita Rosalina Zazueta Padilla, con quien contrajo nupcias el 30 de diciembre de 1933, en la catedral culichi.

De esa unión surgieron Rina, Renata y Lourdes, educadas bajo el principio moral de "nunca hagas o des nada, con la esperanza de que te den algo a cambio, porque te van a lastimar". Su padre reforzaba este sano consejo con una frase mil veces repetida: "a mi nadie me ha lastimado; a mi, la vida no me debe nada... me dio todo".

El doctor Cuéllar dejó en Navolato la imagen real de un hombre honesto a carta cabal, servicial, humano a decir basta y resistente a toda prueba, caracterizándose, además, por su optimismo ante la vida, su alegría y su bondad.

De su profesionalismo y vocación franciscana fueron testigos los habitantes de toda la región, pues no se limitó a las tareas de consultorio, sino que viajaba a cualquier sitio donde sus conocimientos médicos eran necesarios. La colonia Michoacana, Bariometo, La Cofradía, El Bolsón. Sataya, Bachoco, Altata, 5 Hermanos y tantos pueblos más, fueron marcados por sus huellas, sin importar hora, lluvia, calores o frío.

Con certeza se enfrentaba a los problemas, llegando, incluso, a realizar intervenciones quirúrgicas con una simple hoja de afeitar, ante la urgencia de salvar vidas.

Sus curaciones merecieron el calificativo de milagrosas. Cuando el paludismo causó estragos entre la población navolatense, don Fórtino promovió una campaña contra el mosquito, logrando que don Jorge Almada Salido, dueño del ingenio, aportara petróleo y aceite quemado que se depositó en las charcas de Navolato y sus alrededores.

En 1964, cuando fue inaugurada la clínica hospital del Seguro Social en la cañera población, los administradores del ingenio pretendieron indemnizarlo, pero no aceptó, por lo cual siguió prestando sus servicios en su consultorio particular, ubicado en avenida Hidalgo número 120 al poniente.

Su extraordinario sentido del humor lo acompañó hasta el último momento, pues todavía un antes de viajar a la Ciudad de México para atenderse, tuvo las agallas suficientes para bromear con doña María de Jesús Obeso López, en estos términos: "ya me voy María de Jesús... voy por mi propio pie, pero me van a traer en un cajón". Y el vaticinio se cumplió.

"El doctor Cuéllar murió -dice Leopoldo Avilés-, como lo que siempre quiso ser: un hombre pobre, y sus exequias, quizá no fueron tan sencillas como él hubiera querido, porque todo el pueblo de Navolato y comunidades de los alrededores hicieron que su cortejo fúnebre quedara marcado como uno de los más sentidos y concurridos, de los que jamás se hayan registrado en la hoy cabecera del municipio número 18 de Sinaloa".

En reconocimiento a su noble tarea, los navolatenses, le impusieron su nombre a una calle, a una escuela, a la bibliioteca de la Sección XV del Sindicato de Trabajadores de la Industria Azucarera, y a una colonia de la periferia. Además, en vida le otorgaron 3 medallas.

Fuente: Navolato, 18 Encuentros con la Historia

Por: Isaías Ojeda Rochín

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